jueves, 15 de agosto de 2013

Una historia de alcohol, aviones y errores






Comienza a caer la noche en el aeropuerto de Barajas, las caras cada vez me resultan más y más conocidas, siento que soy parte de una pequeña sociedad que se ha creado por individuos aislados los unos de los otros, cada quien va colonizando un pequeño espacio, lo hacen lo más cómodo y acogedor posible, las bancas sin reposa brazos son las más codiciadas y cada una de las células de ésta sociedad parte de un toma corriente. Todos somos junkies de la electricidad, de nuestros aparatos tecnológicos que nos conectan a una sociedad muy distinta a la de esta noche.

Apenas cierro mis ojos y entre los distintos idiomas que escucho susurrar de todos lados, una pequeña risa culposa me hace recordar porque estoy aquí esta noche. Porque estoy aquí, acostada distraída viendo en la pantalla de mi iPad esa película que jamás he terminado de ver. En lugar de estar abrazada a mi madre, comiendo alguna delicia que llevo meses sin probar. Perdí mi avión, llegué tarde al aeropuerto y mi vuelo ya se había ido, ahora espero ilusionada que mañana a algún otro u otra alcohólica le ocurra lo mismo.

No está del todo mal, es una experiencia para contar, es algo diferente, es un tipo de aventura que se debe vivir, me digo a mi misma, trato de darme ánimo para no convertir esto en una tragedia. No sé si es que aún estoy borracha o es una reacción por los nervios. Estoy ante un problema muy grave que no quiero enfrentar. Los euros que tenía están todos materializados en el interior de mis maletas con zapatos, bolsos, fulares y algún detalle para mi familia, a parte de lo que me bebí, realmente en mi mente no era necesario guardar dinero en efectivo, ni en las tarjetas, todas están al límite, vuelvo a casa llena de antojos calmados y de deudas, pero ya de ellas me encargaré bien vestida. Empiezo a caminar con mis zapatos nuevos por todo el aeropuerto mi mirada va perdida, comienzo a sentirme sola y con hambre realmente nada de lo que llevo conmigo me va a solucionar este momento.

No he comido nada desde la noche anterior en la cual decidí decirle la fatal palabra monosilábica que no debí haber pronunciado, mi mejor amiga. Fue un sí, que para mi ahora es un gran no. Decirle si a alguien como ella es un gran error. Cuando salimos juntas somos la bomba, no importa lo que haya que pagar o adónde haya que ir, cuando se trata de noche, de fiesta, de alcohol, somos inseparables, somos una combinación fatal. Ella viendo cuántos besos puede recibir en la noche y yo viendo cuántos chupitos puedo soportar. Ella conociendo el amor de su vida a cada instante y yo rechazándolo. Realmente en ese aspecto soy la mujer más complicada del mundo y no me pregunten porqué, pero si algún día me ven en un bar, por favor, por favor, no intenten ligar conmigo, por mucho salúdenme y mejor por otro medio, en otro momento, bajo otra situación me invitan a cine o alguna otra cosa para intentar ligarme. Dado este aviso continúo. Con esta historia de alcohol, aviones y errores. 

Encuentro un carrito, perfecto para empujar todas mis maletas con comodidad, ahora si que me estoy convirtiendo en uno de esos personajes de calle de los que tanto huí en New York, solo que yo estoy atrapada en una terminal y visto ropa limpia. Estoy en un limbo, lo aeropuertos son tierra de nadie, son como una gran Babel donde cada rincón libre va siendo apropiado personas que no tienen nada que ver unas con otras, son un terreno neutro, no se está en un país o en otro, son lugares de tránsito que para unos tarda más que para otros pero en el que jamás se aspira a quedarse para siempre, como un gran país para todos, pero que nadie quiere. 

Pasan las horas y empiezo a ver todo más normal, más familiar, ya me he acostumbrado a respirar el denso aire acondicionado, puedo repetir de memoria la megafonía que suena cada veinte minutos, por cierto debo confesar que aveces la repito usando distintos acentos, es como un juego para mi. El llevar tantas horas aquí me conduce a practicar este tipo de cosas, como de loca, pero es que estoy al borde de la locura. 

Lentamente comienzo a recordar la noche anterior, aunque tengo varias elipsis, fallos de continuidad, saltos, pero recuerdo haber terminado de alistar todo mi equipaje después de llegar de fiesta, guardar absolutamente todo, estaba por terminar una temporada, un capítulo de mi vida, no sé cómo desperté pero sin duda no fue por la alarma que había programado, me di cuenta de lo tarde que era, me cambio de ropa, me baño los dientes y salgo corriendo, así oliendo todavía a fiesta, sin bañarme, sin peinarme, sin desayunar, hace minutos debí haber estado en el aeropuerto, entre lo ebria que estoy y el shock de la situación no sé qué hacer, bajo hasta la estación de tren, tomo el que me lleva al aeropuerto aun guardando la ilusión que aun llegando tarde pueda hacer el check in, que algo haya pasado con mi avión. Llego al aeropuerto y el avión ya está volando, es peor noticia que recibo en mucho tiempo, me quiero morir, no sé qué va a pasar de conmigo, eso dice mi parte un poco consiente la otra aún está sin cuidado. La señorita del mostrador con una cara que no me da esperanza de nada, me dice: señorita Quintero, pues no queda otra cosa que esperar a ver si puede irse en el siguiente vuelo que es vía Bogotá y le tocará hacer transbordo, pero de una vez le digo que ese va lleno, quizá mañana, pero no le aseguro nada.